Narradora: Adriana Espinel

No me gusta fotografiar la comida, principalmente por dos razones: primera, si el plato es caliente, tengo que comerlo caliente; segunda, no me puedo esperar, soy hambrienta.

De todas formas, a veces me doy esa licencia. Saco el teléfono rápidamente y tomo dos o tres fotografías, y lo guardo, porque prefiero departir con los demás comensales.

Eso hice ese día cuando mi amigo Julián Gómez, caucano de Silvia, quien reside hace un tiempo en Budapest (Hungría) nos invitó a almorzar al Menza, un restaurante cercano a la glamurosa Avenida Andrassy de esa ciudad. Me aseguró que era su lugar preferido y que también les gustaba mucho a sus colegas españoles.

Llegamos pasado el mediodía y estaba muy lleno; mientras esperamos bebimos una Borsodi. Mi cerveza preferida hasta nueva orden. Es tan suave, ligera y afrutada… (Suspiro).

Unos minutos y ya estábamos sentados en la terraza cubierta y con calefacción. Empezaba diciembre y el frío no daba tregua. Claro, el interior es más sofisticado, pero el sitio que nos dieron no estaba mal, tenía la visual de casi todo el restaurante.

De entrada y sin dudarlo, pedimos gulash. El plato húngaro por excelencia. Se trata de estofado de carne con zanahoria y papas. En Colombia, o por lo menos en mi casa, lo comíamos más espeso; el que me trajeron era sopa caldosa, pero estuvo delicioso: se sentía la carne suave y la paprika de manera delicada sin hostigar los demás ingredientes.

Gulash húngaro en su expresión más natural. La paprika está muy presente.
Pato y risotto de setas acompañado de Borsodi. Los expertos en maridaje dirán que es un exabrupto, pero a mí me gusta la cerveza.

De segundos, con más Borsodi, ordenamos pechuga de pato sobre risotto con setas y un cerdo agridulce con verduras.

Hablemos del pato. Esa carne magra, tersa y rojiza, es muy sabrosa… solo que en algunas regiones de Colombia no estamos tan familiarizados con el pato. Confieso que me costó un poco, porque tengo una idea bucólica, no sé; infantil, tal vez del pato. Es que me generan ternura esas aves. Sin embargo, esa mezcla con el risotto bien logrado, cremoso, casi aterciopelado y de gran sabor lácteo, estuvo bien.

El cerdo fue lo mejor; sin el almizcle que suele tener a veces, toques agridulces y unas verduras salteadas de forma magistral.

¡Estaba tan sorprendida! Sentía que la comida húngara tenía patrones gustativos muy similares a la que estoy acostumbrada a comer en Colombia y mi cabeza de investigadora sobre las migraciones intentaba identificar movimientos humanos, herencias gastronómicas y todo tipo de argumentos y explicaciones para tanta familiaridad.

Ya íbamos por la tercera Borsodi y Julián debía regresar al trabajo, así que nos quedamos Ángel (mi esposo) y yo terminándola; faltaba el postre.

Vino uno de los tantos meseros del Menza y en mi inglés le pedí la carta de postres; nos preguntó si éramos españoles, y le aclaramos que no, que éramos colombianos. Abrió los ojos y dijo en castellano: ¡los chefs son colombianos! Voy a llamar a uno para que les recomiende un postre.

Si, sí. Habíamos estado almorzando comida húngara (parece) preparada por tres colombianos, y un venezolano según nos contaron después.

Mika, el mesero simpático que rompió el hielo y me permitió entender por qué la comida tenía sabores tan conocidos para mí.
Kevin, chef cartagenero del Menza, quien de manera muy profesional nos dio indicaciones sobre el postre de la temporada.

Al rato, llegaron Mika (el mesero) y Kevin, un joven cartagenero quien muy serio y formal (en su papel de chef) nos recomendó el strudel de manzana. Yo hubiera preferido otro postre porque este ya lo conocía, pero no decepcionó. Estuvo bien; nos aclaró que era la fruta de temporada.

Aprovechamos para intercambiar saludos y le pedimos a Mika que nos tomara una foto. Él sin querer se tomó una.

Las tres Borsodi ya hacían efecto, la bonita charla del almuerzo y el calor del Menza en una tarde helada en Budapest, nos hacían sonreír todo el tiempo. Casi eran las 4:00 p. m., ya oscurecía mientras caminábamos por la Avenida Andrassy, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en el 2002. La llovizna barnizó la noche.