Quince días antes de que el Rey de España, Felipe VI, reconociera que durante la colonización española en América “hubo abusos”, yo estaba muy oronda en Baiona (Bayona), un pueblo gallego a orillas del Atlántico, celebrando la ‘Arribada de La Pinta’. Si, exacto, de La Pinta, la que junto con la Niña y la Santa María llegaran a costas del Caribe en octubre de 1492 y transformaran para bien o para mal, la historia de la humanidad.

Narradora: Gladys Adriana Espinel Rubio

Don Felipe, relató el diario español El Mundo, realizó esta intervención mientras visitaba la exposición ‘La mitad del mundo. La mujer en el México indígena’. Es que el expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador y la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, le insistieron en que debía presentar excusas por lo ocurrido durante el encuentro de dos mundos (Lo llamaré así para mantenerme lejos de ese debate). 

El Rey, según ese medio de comunicación, “centró su intervención en la necesidad de que ‘las dos partes del Atlántico’ puedan conocer la historia común porque ‘esa cultura mestiza es lo que nos define hoy’”. Así que, en obediencia anticipada, Ángel y yo nos dedicamos durante el fin de semana del 28 de febrero y el primero de marzo a disfrutar la fiesta de interés turístico nacional en España conocida como ‘La arribada de La Pinta’.

La arribada a Baiona

La oficina de turismo de Baiona ofrecía dos sistemas de transporte para llegar hasta allí: el marítimo y el terrestre; yo soy una mujer de montaña, demasiado andina para viajar en barco pequeño por placer. Le tengo más que respeto, miedo al mar. Así que decidimos tomar un bus que desde Vigo en el sur de Galicia, nos llevó al pueblo en menos de una hora. Debo decir que las vistas al mar y a la montaña y a las flores y a las casas ‘mariñeiras’ y a las ‘rías baixas’ hicieron del recorrido un momento reconfortante.

Una vez se ingresa a la población se encuentran los edificios modernos frente a las playas, que son apetecidas durante el verano, y luego el muelle rematado con una muralla medieval. Porque si bien Baiona cobró importancia en la historia moderna por ser el puerto donde atracó La Pinta en marzo de 1493 tras regresar del territorio que hoy se llama América, esta población tenía ya trascendencia desde el siglo XIII en lo defensivo frente a portugueses e ingleses, y en lo comercial. Se le conoció como ‘Llave de Galicia’ y fue fundamental para la pesca, la salazón y la exportación de pescado, conectando el Atlántico y el Mar del Norte.

Llegamos sobre las 10:00 a. m. y Baiona se estaba desperezando ‘de una noche de copas, una noche loca’; luego la dueña de una miscelánea, donde compré una diadema de pequeñas flores artificiales para ponerme y no desentonar con los atuendos medievales que muchos vestían, nos contó que la noche anterior la fiesta había sido larga, y que en años anteriores la situación se puso tan caótica que tuvieron que traer al ejército. No sé si exageró, pero por si las moscas, esa noche nos fuimos a dormir temprano.

Antes, recorrimos el mercado medieval donde no puede faltar el herrero ni el fabricante de vidrio soplado, tampoco la cerámica ni los tejidos de lana; además, bisutería, ropa, pinturas y cuero. Demasiados objetos que uno quisiera tener, pero se aguanta las ganas.

Cerca del mediodía, el Ayuntamiento inauguró las fiestas con un acto solemne breve y con un recorrido por el centro histórico acompañados de músicos interpretando pasacalles. Frente a la playa la gradería estaba repleta para ver las demostraciones de esgrima.

Pasadas las 4:00 p. m. comimos un arroz meloso con mariscos muy frescos, casi dulces y aromáticos, como ese mango que dejaba madurar en el árbol del patio de la casa de Cúcuta, esperando el momento perfecto para arrancarlo, justo antes de que lo atacara un toche, y una copa de Albariño, un vino blanco gallego.

Nos alistamos para ver la obra teatral que representaba ‘La Arribada de La Pinta’. El montaje sobre la playa y con una réplica de La Pinta al fondo, era realmente poético. Ya había caído el sol magnífico y el viento frio del inverno, que se negaba a irse, amenazaba con congelar a dos calentanos.

Las luces, el sonido y la buena actuación de un personaje que relataba las maravillas del nuevo mundo me sensibilizó hasta las lágrimas. La ahora América tan bella, tan exuberante, la tierra de promisión que es, les debió parecer magia pura. Luego vino una función de juegos pirotécnicos que cerraron la noche en ese lado del Atlántico.

El primero de marzo de 1493 desde Baiona salió un mensajero a contarles a la reina Isabel y Fernando, que estaban en Barcelona, la noticia. El resto de la historia, con todos sus bemoles, ya la conocemos, uno más, otros menos. Hoy poco se sabe qué pasó con La Pinta y La Niña; La Santa María encalló en lo que actualmente es Haití y la convirtieron en muelle.

El Rey Felipe VI, comentó El Mundo, “ha reconocido que ‘hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo’”. Se refiere el Rey a los anacronismos, ese término que usan los historiadores para explicar que los hechos del pasado no se pueden juzgar con los criterios del presente. 

Al día siguiente, pese a que nos dormimos temprano nos despertamos tarde, pero alcanzamos a ir misa de mediodía donde supimos que el sacerdote les había dado una dispensa el viernes (estábamos en Cuaresma) para que pudieran comer carnes rojas; porque además de pulpo, pescado y mariscos, en Galicia se come buena carne tanto de ternera, vaca y cerdo. 

Era domingo y las parrilladas inundaban con su aroma toda Baiona. No nos resistimos al chorizo criollo, que es el que se parece más a nuestros chorizos y lo acompañamos con una copa de Ribeiro; mientras lo disfrutaba me quedé reflexionando: y si para ninguna de las dos partes fue fácil, que ya pasaron cinco siglos y de tanto recordar, como ‘Funes, el memorioso’, dejamos de pensar, y justo ahora, cuando el futuro es cada vez más distópico debemos es ingeniárnoslas para sobrevivir, para pintar la vida del color que más nos guste, a pesar de todo.